Por Georgina Hernández Samaniego

Los nostálgicos

Cuando empecé a ir a la Muestra Internacional de Cine en los años setenta en el legendario Cine Roble ubicado sobre la avenida Reforma, inicié un rito que definiría mi vida de cinéfila.

Era 1975, acababa de entrar en la Universidad Iberoamericana para estudiar la carrera de Ciencias y Técnicas de la Información, y por supuesto, el cine era mi flanco favorito. En esa muestra veía la última producción de los grandes, aquellas películas de cine de autor, Fellini, Bergman, Antonioni, Boorman, Cassavettes, y las nuevas cinematografías mundiales.

Esperaba año tras año con la más probada paciencia que llegara el mes de noviembre para buscar en los diarios los avances de la Muestra e invertir mis ahorros de estudiante para comprar el abono, no podía permitirme el lujo de llegar a la taquilla y encontrar la desoladora noticia de que las localidades estaban agotadas. Así que me alistaba para hacer una larga fila y comprar ese abono tan codiciado por todos los seguidores del cine. Con aquel cartoncito entre mis manos me iba feliz y con la seguridad de que nadie me arrebataría el placer de ver el mejor cine del mundo, de aquel mundo sin globalización en el que pocas cintas extranjeras llegaban a México y con retraso de uno o dos años.

La Muestra generalmente exhibía 21 películas, en ella vi Escenas de un matrimonio de Ingmar Bergman y aprendí que se podía sostener un plano cerrado sobre dos personajes discutiendo el declive de su relación.

Como cursábamos la especialidad de cine, muchas veces traíamos el equipo en el coche y por temor a que nos lo robaran, cargábamos la cámara Eclair de 16 milímetros y un pesado tripié de madera por las interminables escaleras del Cine Roble.

También estaba el circuito de los cineclubes de la UNAM, muchos hacíamos el viaje a las diferentes facultades y al Auditorio Justo Sierra para ver cine independiente durante todo el año, películas de la Nueva Ola francesa, del Free Cinema inglés y del entonces bloque socialista, cintas polacas, búlgaras, checas, húngaras y yugoslavas. Nos sorprendimos con los planos secuencia de Miklós Jancsó y la virulencia política de Andrzej Wajda

En la antigua Cineteca Nacional, en la esquina de Río Churubusco y Avenida Tlalpan, vi la retrospectiva de Luis Buñuel y asistí a las conferencias de Lina Wertmüller y Giuliano Montaldo que presentaban sus respectivas películas. Vimos el verdadero final de Sacco y Vanzetti (1971) que la distribuidora comercial había censurado. Al igual, fui testigo del portazo de todos los cinéfilos para ver El último tango en París (1972) de Bernardo Bertolucci por varios años prohibida en México y, hasta conocí, en la librería, a Dennis Hopper que se paró ante mí como cualquier hijo de vecino y me preguntó si por casualidad había visto El amigo americano de Wim Wenders (1977). Yo, con cierta displicencia y sin haber reconocido al personaje, le contesté que sí…entonces él me dijo con una sonrisa irónica:

— Hola, soy Dennis Hopper.

Me quedé muda ante el protagonista de la película. Estaba frente al también director, guionista y actor de Easy Rider (1969) filme de culto de toda una generación, exhibida en México extemporáneamente, por supuesto, a causa de la censura.

Ir al cine era una práctica social, un buen hábito adquirido donde se disfrutaba el verdadero placer del ritual cinematográfico: puntualidad del espectador, pantalla grande, total oscuridad, proyecciones en 35 o 16 milímetros, silencio absoluto, sólo escuchábamos el acompasado sonido del proyector y sentíamos la constante presencia del cácaro que a la primera falla, se afanaba en corregirla. Nadie comía crepas, sándwiches estilo europeo, nachos, ni compraba cubetas con cervezas en la sala. Todos disfrutábamos de una colectividad que sólo deseaba ver la película para después comentarla frente a un café humeante en una discreta cafetería. Nos ayudábamos de las críticas de Jorge Ayala Blanco o Tomás Pérez Turrent para hacer la selección del programa. A veces veíamos hasta tres películas diarias. En aquella época no existían los festivales de cine y estábamos habituados a la única calendarización fílmica anual, la Muestra.

Los integrados

Frente a la amplia oferta de plataformas tecnológicas como la computadora, el celular, el DVD, interfases y cañones, entre otros, y la proliferación de cadenas exhibidoras de cine, nos hemos integrado perfectamente a estos medios para ver películas. Nos encontramos atrapados ante otra forma de aproximación al fenómeno cinematográfico. Aquellos que vimos buen cine en el cine, nos sentimos empobrecidos. Los que no conocieron la experiencia cinematográfica plena, no pueden echar de menos lo que no vivieron. Ahora lo que menos importa es dónde se ve una película y cómo.

Las nuevas audiencias se han instalado en la soledad de sus monitores para ver una película. Ya no existe el continuo de seguir un discurso fílmico, la historia de pe a pa. Al ver una película en DVD en la casa, uno pone pausa, habla por teléfono, contesta mensajes de texto por celular, también puede haber música de fondo proveniente de la computadora o se puede uno preparar algo de comer, después volver y retomar la película, entonces se da lugar a la discontinuidad. Si anteriormente, uno iba al cine para ser “tocado” por algo, en tal discontinuidad, será difícil dejarse llevar en una interrupción permanente. A través de un monitor del tamaño que sea, la textura del acetato de la película se pierde en miles de líneas, atrás quedaron los esfuerzos del director y el fotógrafo para crear una determinada atmósfera del filme por medio de emulsiones, lentes especiales, temperatura de las luces y filtros.

En el mejor de los casos, cuando las personas deciden trasladarse a una sala de cine, lo de menos es la película y lo más importante es el consumo de golosinas en la dulcería, ya dentro de la sala, si llegaron a tiempo o no es lo de menos. Si la película está fuera de foco o no se oye bien el sonido, tampoco importa. Una vez agotados los alimentos, llega la hora de contestar las llamadas o enviar mensajes de texto por celular. Otro discontinuo total. Las nuevas audiencias se mueven por la espectacularidad y el entretenimiento, no por el gozo de la experiencia cinematográfica ni mucho menos por la maestría de un director a quien nadie conoce. A los exhibidores comerciales los mueve la taquilla, esto no es ninguna novedad, siempre ha sido así.

La memoria recuperada

A más de 100 años de la invención del cine —poco tiempo, en realidad— y el vertiginoso desarrollo de su lenguaje y sus diversas formas de exhibición, la memoria ataca de nuevo y se constituye la Sociedad del Cine Tlatelolco que desea generar un “nuevo modelo” de exhibición. Regresar a aquella práctica de ver cine en sus formatos originales. Volver al cine de autor y al cineclubismo tan en boga desde los años 60. Pero la Sociedad del Cine Tlatelolco no sólo se propone la proyección de filmes raramente exhibidos o inéditos en México sino recuperar la cercanía con el espectador. Dejar atrás los malos hábitos recientes de las audiencias pasivas para convertirlas en cocreadoras del fenómeno cinematográfico donde el espectador participa activamente al elaborar sus propios significados al entrar en contacto con el material cinemático, como bien lo afirmó Eisenstein.

Ahora que el Centro Cultural Universitario Tlatelolco comenzó sus actividades de la Sociedad del Cine con el ciclo: 40 años de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, vale la pena atravesar la ciudad para llegar al norte y comenzar el rito de iniciación del auténtico cinéfilo.

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