El cine y el Capital.

(Texto escrito por Manoel de Oliveira, publicado en 1933 en la revista Movimento cuándo tenía 24 años de edad y recientemente publicado en el Cahiers du cinéma No. 644. Agradecemos a Matias Meyer el habernos enviado esta traducción. Les recordamos que estaremos proyectando El Valle de Abraham dirigida por Manoel de Oliveira. Viernes 30 y Sábado 31 de octubre en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco.)

El cine es de todas las artes, el más sujeto al capitalismo, por el costo extraordinario de su material y de sus medios técnicos, así como por la dependencia aplastante de un público mal orientado por una fuerte propaganda que se ocupa exageradamente de astros y de estrellas, y no de ideas y de procesos artísticos.
En Estados Unidos, por ejemplo, donde la industria cinematográfica ha alcanzado una perfección técnica inigualable, la organización comercial y el maquinismo han conocido un tal desarrollo que oprimen y someten completamente al hombre, o mejor dicho al artista. El dinero y la máquina lo han transformado en un perfecto autómata. Y quiero subrayar que, para que una película se haga en cualquiera de los estudios de Hollywood, no necesita de nada más que el habitual “Rodando!”. La maquina está lista y basta por un lado darle un puerco para que del otro salga un salchichón. Y Duhamel tiene razón cuando se revela contra el cine norte americano. Es verdad que hay excepciones; pero como siempre, solo sirven a confirmar la regla.
Cuándo se ha visto una película americana, se han visto todas las otras. El mismo fondo moral, la intriga anterior ligeramente travestida; los artistas parecen gemelos de igual estatura, con rasgos similares, jugando todos de la misma manera. Todo es cuestión de serie: guiones, realizaciones, procesos, artistas, etc…
Cuándo una película es un suceso de taquilla, sirve de modelo para decenas de películas similares. Como en la industria automotriz, después que un tipo de coche haya sido estudiado, es reproducido en serie por millares.
Se traicionan los fines humanos, sociales y educativos de un arte utilizando sus medios para una simple especulación comercial, imprimiendo en el celuloide la vida falsificada de los estudios, la cuál es tan funesta al espíritu y la cultura de un pueblo como lo es el aceite de oliva falsificado por el tendero para el estómago de los que por inconciencia lo ingieren.
Se buscan hombres y mujeres cuya figura sugerente deje prever la adoración futura del público, y a fuerza de carteles desenfrenados, las fotos y los artículos  que una colosal organización publicitaria hace llegar a las redacciones de todas las revistas del mundo, los convierten en verdaderos ídolos.  Es Así con Clark Gable, última victoria
De un tipo de joven americano primerizo, del cuál ninguna película  ha llegado aún en las pantallas de Portugal, y a quién ingenuos cinéfilos ya le escriben letras apasionadas pidiéndole fotos dedicadas.
En vez de estudiar los temas humanos, y de escoger los interpretes en función de las exigencias de esos temas, se escriben y se adaptan historias escritas para tal o tal otro artista, para poner en evidencia su belleza física y su sex-appeal. Lo mismo se produce cuándo se pretende lanzar a un nuevo realizador. Un núcleo de técnicos y de artesanos, y los millones que son puestos a su disposición, son la garantía de su trabajo, de la  misma forma que el sello “Paramount” “MGM”, o el de cualquier otra empresa, es la garantía de su expansión mundial. Y tenemos la impresión que la principal función del realizador es justamente de firmar la obra para darle una paternidad legítima; es que el público siempre se ha enrollado por los ídolos que inciensa…
Estas películas que , técnicamente, son sin reproches, por la perfección de la fotografía, por la precisión matemática de los travellings, por lo grandioso de los decorados, etc… fallan casi siempre sino es que siempre, del punto de vista humano y artístico. Producto de la colaboración de muchos, no pueden nunca tener el carácter y la personalidad que tendrían si fueran dirigidos por un solo, pero competente, ayudado por supuesto, por los otros, pero a ellos, nunca subordinado.
Es conocido que el capitalismo no se interesa de ninguna manera a temas que desarrollen problemas de orden psicológico o social. Un fin único lo moviliza ( y eso ocurre en todos los países a excepción de la URSS): el resultado comercial de las películas. Teniendo como objetivo de multiplicar los millones, las empresas cinematográficas son agentes de la propaganda perniciosa de un erotismo perverso, de un falso optimismo, de una concepción artificial de la vida, bajo el sol fabricado por los estudios.
En URSS, donde el resultado de un film no se mide por los resultados en taquilla pero por la acción educativa que ejerce, el cine tiene como finalidad una enérgica propaganda política y social. Toda vez la libertad del artista no es plena, puesto que toda su actividad está limitada por el régimen político actual. Ahora, es necesario que la personalidad del artista pueda expresarse en plena libertad. Ninguna sujeción! Que ninguna opresión venga a limitar su espontaneidad creativa.
René Clair, después de la salida de A nosotros la libertad , película que en sí misma, era ya una crítica a la esclavitud del mundo capitalista, escribió, en El Tiempo , un artículo en el cuál combatía la opresión del capital sobre el cine.  Otro mártir fue el gran Pabst. Concientes de su valor, algunos capitalistas le ofrecieron sumas fabulosas para que hiciera una película a su gusto; pero en cuánto Pabst les presentó su plan de una obra sana y pacifista, le dieron inmediatamente la espalda. En esas condiciones, el comercio no les interesaba más. Pabst fue inflexible y no cedió parcialmente más que en dos películas, Atlantida y Don Quijote.
Su sueño, una película sobre la guerra por venir, sobre la horrible catástrofe en la cuál el mundo será aniquilado por el choque de intereses mezquinos y particulares, y por los odios injustificables entre las naciones y las razas, esa gran película nunca habrá conseguido el capital susceptible de financiarla.
No es certero que el desarrollo de un arte quede así a la dependencia de una burguesía que, bajo el cobijo de finalidad artística, no explote más que un comercio de alto rendimiento. (Y que vengan después a decirnos “el público quiere, el público pide”, cuándo ese público se limita a recibir pasivamente lo que se le presenta).
El cine siendo, de todos los artes, el que ejerce la más grande y la más directa influencia sobre la mentalidad popular, lo que sucede es que  se parte de la opinión falsa y criminal según la cuál el espectador no necesita y no desea nada más que saborear, por un precio mínimo, y cómodamente instalado en su asiento, un espectáculo feliz y entretenido que le haga olvidar sus preocupaciones y sinsabores de una vida extenuante. Y que el público olvide que su vida está determinada por una muy mala organización social y económica, aceptando por una cómoda y grosera cobardía esa compensación degradante que se le ofrece.
Ahora el cine, precisamente podría como cualquier otro arte, apuntalar esos males y sus consecuencias tomando al menos como temas dominantes los múltiples problemas que el hombre enfrenta en su vida sexual, en su vida familiar, en su vida profesional, en su vida económica y en su vida social.
Pero el público continúa en su búsqueda de pura distracción, inconcientemente influenciado por el espectáculo falso y vacío que le da la espalda. Comenzamos así a ver gente que se deja crecer un ridículo bigotito y otros por terminar de caer en practicas criminales, con la vana ambición de hacerle como en el cine…
Es pues necesario de terminar con el cine-comercio. Es necesario arrancar la industria del cine de las garras nefastas del capitalismo. Es necesario que el cine sea esto y solamente esto: un órgano de creación artística, de acción educativa y social.

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